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MARY WARD

En el año 1585 en el trono de Inglaterra reinaba Isabel II. Los nuevos poderes constituidos fueron apretando cada vez más la existencia de los católicos: pérdida de sus propiedades, cárcel de por vida o la muerte. Para comprender la vida de Mary Ward, es necesario conocer esta situación.

En YorkShire, condado de vieja y espléndida tradición católica, los Ward, venín enlazándose desde hacía mucho tiempo con familias de linaje del condado de Northhumberland, situado al norte de York. Marmaduke Ward, padre de María, era señor de Gimvendale, Newby y Mulwith. En esta última mansión nacía el 23 de enero de 1585 María, la mayor de sus hijas. Durante su infancia la familia tuvo que cambiar de residencia continuamente y las separaciones de sus hijos fue algo común y aceptado por todos como una medida de seguridad. Así fue como María, desde muy pequeña empezó su peregrinar de un lado para otro y esto marcó su vida de una manera muy especial. La última etapa de su infancia la pasó en casa de sus primos, los Bapthorpe. En los casi siete años que pasó allí fue creciendo y madurando en elle la idea de una vocación religiosa. María sabía que para realizar su vocación tendría que dejar Inglaterra. Debido al ambiente en el que la persecución y la herejía habían dispersado y suprimido las comunidades religiosas, decidió encerrarse en alguno de los conventos del continente, eligiendo los países bajos, como lo hacían otras compatriotas suyas. Tan pronto como lo dio a conocer a la familia se organizó contra ella una auténtica conspiración. Todo vino a complicarlo la aparición del joven Edmundo de Neville, heredero del título y de los estados de Westmoreland, que pretendía casarse con ella. Westmoreland vendría a ser algo así como el último reducto sagrado del catolicismo inglés. María supo decir que no y así, una vez recibido el permiso paterno partió rumbo a lo desconocido. Era el año 1606.

La meta de su viaje era la ciudad de Saint Omer. Esta vieja ciudad pertenecía a los países bajos, dominio de la corona española y gobernada entonces por la archiduquesa Isabel Clara Eugenia, hija predilecta de Felipe II, y Alberto de Austria. La proximidad con Calais y el ambiente católico constituían el lugar ideal para que se dieran cita en ella una diversidad de órdenes religiosas.

María decide fundar por su cuenta un convento de clarisas para jóvenes inglesas exiliadas: el Convento de Gravelinas. Aquella felicidad no duró más de cinco meses. El 2 de mayo de 1608, Dios le dio a entender que quería servirse de ella para algo que era mayor todavía. Dios no la llamaba al retiro contemplativo de claustro sino a levantar la bandera y a alistar en torno suyo un escuadrón dispuesto a tomar parte activa en la defensa de la fe y en la realización de la reforma católica. Volvió a cruzar el canal y se instaló en Londres. Su actividad fue incansable, estaba en todas partes: con los pobres, con los ricos, con los enfermos, con todo aquel que la necesitaba... Lo original de María Ward estuvo en no conformarse con lo establecido y en ser dócil ante la misión con la que Dios la envió al mundo: iniciar una nueva vida religiosa apostólica.

En este ambiente heroico fue donde la vocación de María Ward llegó a una madurez definitiva. Vio la urgencia de fundar una congregación femenina con facilidad de movimiento, sin claustro, sin hábitos monásticos que se ocupase de defender y promover la fe, fijándose muy especialmente en la juventud. Un grupo de chicas se puso en sus manos para seguirla adonde quiera que fuese. Era el año 1609. Volvió a Saint Omer con cinco de ellas: Mary Pointz, Winefride Wigmore, Johanna Brawn, Susana Rookwood, Catherine Smith y meses más tarde se agregaron al grupo su hermana Bárbara Ward y su prima Bárbara Bapthorpe. Aquí llevaron una vida comunitaria y se dedicaron a la educación de la juventud, fundando su primer colegio al estilo del que muy cerca tenían los Jesuitas. Este fue el modesto comienzo del nuevo instituto que ella iba a fundar. Fueron llamadas desde el principio "Las Damas Inglesas".

Es aquí, en 1611 donde recibe una luz especial que encauza definitivamente la labor apostólica del Instituto. Ella misma lo refiere en su carta al Nuncio: " Estando sola y en una extraordinaria tranquilidad de espíritu, percibí distintamente, no con el tono de una voz, sino con el entendimiento, estas palabras: "toma las de la Compañía". Se me dio a entender que teníamos que tomar las mismas reglas de los jesuitas, tanto en el contenido como en la forma, exceptuando sólo lo que Dios ha prohibido por la diversidad de sexo".

Después de Saint Omer, la primera casa que fundó María Ward fue la de Londres en 1613, para que fuese el centro de actividades de las "Damas Inglesas" que habían de trabajar de familia en familia en pro de la causa católica.

Para ahuyentar todo temor o recelo de la gente, con miras a una mayor expansión, decidió ir a Roma personalmente a gestionar ante la Santa Sede la aprobación de su Instituto. La acompañaban cuatro de sus compañeras, escogidas entre las más íntimas, una candidata, un sacerdote, un caballero primo suyo, y el servidor de éste. Salieron de Bruselas el 21 de octubre y pisaron por primera vez Roma el día de Nochebuena del año 1621. María Ward tenía 36 años.

El día de San Esteban María le presentó a Gregorio XV el plan de su obra: un Instituto sin clausura, sin las reglas de los jesuitas, libre de las ataduras de los obispos y dependiendo directamente del Papa. " Dios ha mirado a tiempo a su Iglesia" , afirmó el Papa, prometiéndole su ayuda y su amistad.

El Papa le permitió abrir un colegio en Roma y posteriormente en Nápoles y Perugia. Pero los enemigos no andaban ociosos y pronto se empezó a mirar con malos ojos la labor de estas mujeres.

Con el fin de trabar contacto con los soberanos de Centro-Europa, decidió encaminar sus pasos a la católica Baviera. Allí conoció al príncipe Maximiliano, que era el soporte principal de la Liga Católica alemana. Educado en el espíritu de la contrarreforma por los jesuitas, sus ambiciones de defensor del catolicismo en sus dominios y fuera de ellos, encontraron enseguida en María Ward su colaboradora principal. Le regaló una espléndida casa, la Paradeiser Haus, en el centro de Munich, y le asignó una pensión anual para el mantenimiento de sus alumnas. El Emperador de Austria, Fernando II, no quiso ser manos que su cuñado y en 1627 estaba llamando a María Ward a Viena y abriendo bajo su protección, un colegio. La fama corrió pronto y a finales de ese mismo año, el gran reformador de Hungría, el Cardenal Pazmany, jesuita y primado de aquel país, rogó a María Ward que abriese un colegio en Presburg.

El 13 de enero de 1631 Urbano VIII signó y publicó la Bula "Pastoralis Romani Pontificis", una de las más duras emanadas de la Santa Sede, en donde se hacía sentir la presencia de injustas acusaciones y se daba la orden de supresión del Instituto. La Bula se dirigía contra las mujeres que se habían asociado en una corporación de vida común, habían construido colegios, señalado superiora entre ellas, y elegido para el gobierno general de todas ellas a una que llamaban prepósita general... Además llevaban a cabo trabajos que no eran propios de la pureza virginal...

Por todo ello"haciendo uso de su autoridad", el Santo Padre venía " a suprimir del todo aquella corporación". El 7 de febrero de ese mismo año fue encarcelada en Munich por orden de la Inquisición, por" hereje, cismática y rebelde a la Santa Iglesia". Fue a la cárcel sin oponer ningún tipo de resistencia y tras este encarcelamiento, 11 casas se cerraron y 300 religiosas quedaron dispensadas de sus votos. El Paradeiser Haus fue la única tabla de salvación para aquellas que quisieron seguir siendo fieles a Mary Ward. El elector Maximiliano, pidió y obtuvo de Roma la dispensa para que pudieran seguir juntas, conservando el espíritu inculcado por su fundadora.

En abril sale Mary Ward de la cárcel y va a Roma, donde consigue impresionar al papa Urbano VIII, negando haber sido jamás una hereje. El papa le permitió volver a abrir una pequeña casa allí, y así comenzó el segundo Instituto. En 1639 vuelve a Inglaterra y se traslada a Londres. Sus amigas se agruparon en torno a ella y fundaron una casita para la educación de los jóvenes y para otras obras de apostolado.

En 1645, murió Mary Ward. Fue enterrada en el cementerio que rodea la iglesia anglicana de Osbaldwick, y en la lápida (ver foto) quedó grabado: "Amar a los pobres, perseverar en ese amor, vivir, morir y resucitar con ellos, ésta fue toda la meta y aspiración de Mary Ward, quien, habiendo vivido 60 años y 8 días, murió el 30 de enero de 1645".

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